Ruth, una vida diferente en la calle.

Ruth

Hace casi cuatro meses que abandonamos nuestra “cómoda” vida en una casa convencional y viajamos en una Nissan Vanette de 1994 a la que llamamos La Vane. Desde entonces hemos pasado ya casi 120 noches en lugares tan diferentes como áreas gratuitas de autocaravanas, parques, cementerios, calles, etc.

Nuestra realidad, a parte de nómada, también consiste en ver venir y marcharse a otros viajeros, a conocer personas nuevas cada día, saber nuevas formas de ver la vida y sobre todo aprender que no siempre lo establecido es lo mejor o lo más recomendable.

Hace unos días llegamos al área de servicio de autocaravanas de Ponferrada en la provincia de León, al raso, sin una mísera sombra donde cobijarte de la ola de calor que se anunciaba pero justo al lado del albergue de peregrinos donde, muchas gracias, no nos pusieron pegas en dejarnos entrar para ducharnos cuando lo necesitáramos.

Y así comenzó el baile de ir y venir de viajeros que se mezclaban con la llegada, en estado semi agónico en algunos casos, de peregrinos cargados con sus mochilas y ayudándose de sus “palos de andarín” para recorrer los últimos metros que les separaban de un más que merecido descanso. Pero no es eso lo que os quiero contar en esta ocasión, hoy quiero hablaros de Ruth.

Entre todo el trajín llamó mi atención una mujer delgada que cruzaba de vez en cuando el área y se metía entre los matorrales que la rodean para desaparecer. Va vestida con ropa que se ve bastante usada, lleva gorra o una sudadera a la que ha recortado las mangas y se protege del sol con la capucha de la misma y gafas de sol que le cubren casi toda la cara. De vez en cuando se para a observar como un animal que valora el peligro de la zona antes de avanzar. Así la vemos pasar unas cuantas veces, en ocasiones se para y nos observa, sonríe y sigue andando. Empiezo a ver que hay demasiada calle en ese cuerpo y que esa cabeza no está tan bien como aparenta. Confirman mis sospechas los gritos que escucho de vez en cuando y que provienen de los matorrales, las pintas de los tipos que a veces rondan la zona y los paseos en coche de la Policía Local de Ponferrada para controlar esa zona.

Al día siguiente la anunciada hola de calor se hace presente en toda su crudeza. El área, como os conté al principio, no tiene ni una sola sombra donde cobijarse y aliviar un poco el terrible calor que por la tarde es casi insoportable. Mientras dormito en La Vane oigo un llanto y la veo a ella arrastrando una cesta de esas con ruedas de los supermercados, de las que usas cuando tienes pocas cosas que comprar pero te faltan manos para llevar los productos, no veo qué lleva en la cesta pero parece pesar por los esfuerzos que hace para avanzar. Se dirige a la fuente de agua que sirve para llenar los depósitos de las autocaravanas que allí recalan. A esa hora apenas éramos cuatro vehículos los que nos achicharrábamos al sol.

Coloca la cesta bajo el chorro de agua y comienza a gritar… y yo a temerme lo peor. Como no puedo sustraerme al dramatismo de la escena me acerco y descubro el secreto que guarda el carrito, el cuerpo de una perra de raza bull terrier -de esas que han sido calificadas como potencialmente peligrosas- que parece no reaccionar a los gritos y meneos que le da su dueña. Ella me mira con desespero, se cómo hacer una reanimación cardiaca a un perro -lo aprendi cuando tenía a Coco, nuestro cocker, que se fue en 2013- pero lo primero que hice fue intentar tomar el pulso al animal en el cuello, no había. La miro y entiende lo que quiero decir, empieza a llorar “¡Es lo único que tengo!” grita, se me rompe el alma y vienen a mi mente los amargos momentos en que tuvimos que decir adiós a Coco.

“Lo siento, no tiene pulso y las pupilas no reaccionan a la luz. Lo siento pero ha muerto.”

Ella llora, le pregunto cómo se llama. Ruth. Le digo que es más que posible que el animal haya muerto por culpa de un golpe de calor. Me dice que la tiene bien cuidada, con agua. Le sigo el argumento pero sé perfectamente que no es así, llevo allí casi tres días y no la he visto salir con la perra ni un solo día. Para colmo ese mismo día, un par de horas antes la escuché gritar “¡Muérete ya, por qué no te mueres, muérete ya!” desde su improvisado hogar entre los matorrales.

Me entristezco y siento algo que creo que es compasión por Ruth. Hablo con ella, intento razonar -aunque sé que no sirve de nada- y explicarle que debería primero intentar salir de la calle, estabilizar la vida y entonces, quizás, tener la oportunidad de ser responsable de la vida de otro ser vivo. Me mira fijamente, debe tener entre 28 y 32 años calculo, se nota la mala vida en sus facciones. Le explico en un momento de calma que habría que llamar a la Policía Local para que hagan las gestiones y vengan a recoger el cuerpo del animal. Rompe a llorar de nuevo.

“¡No puede ser, tiene babas… ¿seguro que no está viva?!” me grita. Intento mantener la compostura.

Ella también está cubierta de las babas del perro que ha abrazado y besado. Se va al albergue a ducharse, yo llamo a la Policía. Los agentes -y los hospitaleros del albergue- me confirman lo que ya sospechaba. Vive sola -con la compañía esporádica de algún ligue ocasional- desde hace ya bastante tiempo y suele ser fuente de problemas. Con nosotros siempre ha sido amable y educada. No quiere regresar a casa de sus padres porque no quiere que la incapaciten. El relato por parte de quienes la han tratado es frío, seguro que motivado por la de problemas causados al orden del lugar pero soy humano, no siento indiferencia al dolor de los demás.

Varias visitas de los agentes. Hablo con ellos y les comento que no es plan dejar el cuerpo de animal allí con el calor que hace -me decían que igual pasaban a la mañana siguiente a recogerlo- y, educadamente, les digo que eso no es plan, que allí recalan decenas de autocaravanas y furgonetas camper al día, que viajan con niños muchas de ellas. Parece que lo repiensan y a eso de las 9 de la noche pasa un coche patrulla buscando a Ruth. No está, pero como ya he hablado con ellos varias veces me avisa que sobre las 10 o 10 y media de la noche pasará un vehículo municipal a recoger el cuerpo del animal. Convenimos que lo mejor es poner el carrito en una zona a la sombra mientras tanto puesto que está cerca de la fuente de agua.

A eso de las 10 de la noche aparece la furgoneta, aviso a Ruth -que ya había aparecido- y rompe a llorar de nuevo, pero me dice que ella se ocupa y se deshace en agradecimientos.

Amad a los vuestros, procurad no olvidar decírselo en cuanto tengáis ocasión, disfrutad de ellos y sobre todo intentad ayudar al que, por la razón que sea, la vida no le regala una mente lúcida.

Dedico esta entrada a Ruth. Espero que las palabras que cruzamos en un momento de serenidad, y la vida, le deparen un mejor destino.

Fotografía propiedad de: Con buena pata

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