Destino Cabo Norte

Como los artículos dedicados a nuestro periplo por España y Portugal aún tienen cuerda para un rato, y teniendo en cuenta que la segunda etapa de nuestra nueva forma de vida ya ha rebasado los 6 meses de duración, voy a abrir otro hilo para relatar esta parte de la aventura.

La acción se sitúa -siempre quise decir esto- unos días antes de decir adiós al mes de junio. Estamos re-camperizando a La Vane, y la fecha de partida con destino a Cabo Norte como uno de los hitos de la misma, da el pistoletazo de salida el 1 de julio de 2019.

Qué es y dónde está Cabo Norte

En algunas ocasiones al nombrar Cabo Norte me han respondido «Ah, en Africa», imagino que por la similitud de nombre con Ciudad del Cabo. Pero no, no es ahí.

Cabo Norte (Nordkapp) es el punto septentrional más al norte del continente europeo al que se puede llegar en vehículo. Desde Barcelona, siguiendo nuestra ruta -que no era la más corta- nos separaban más de 5.000 kilómetros de distancia.

Cabo Norte en Noruega

Pertenece a Noruega y los paisajes son simplemente impresionantes, pero no adelantemos acontecimientos que aún no hemos comenzado el viaje.

Actividad frenética antes de partir

No tiene punto de comparación con nuestra estresante primera salida, pero tampoco se queda corta. Algunas cosas de la nueva preparación de la furgoneta da más guerra de la prevista, entre ellas la sustitución de las ventanillas de las puertas correderas por piezas fijas -no teníamos ni idea, hasta última hora que nos iluminó un rayo, de cómo íbamos a hacerlo- y el anclaje de quita y pon de la mesa, era lo que más tiempo nos quitaba.

Llevábamos casi cinco meses en “dique seco” y el cuerpo nos pedía carretera, nuevos países y nuevos paisajes, pero había que solucionar antes esos últimos flecos que hacían mucho más habitable el ya de por si exiguo espacio interior disponible en nuestra Vanette.

Gracias a Mariló y Juan por dejarnos su terreno para acabar de camperizar La Vane.

El día 29 de junio (2019) era el último día de trabajo en nuestro calendario, reservado para una de las tareas más engorrosas que nos quedaba por acometer: quitar los cristales de las puertas correderas y sustituirlos por chapa de metal y madera.

Para dedicar todas las horas posibles decidimos levantarnos a las 6 de la mañana y partir a nuestro espacio de trabajo -gracias Mariló y Juan por dejarnos vuestra nave todos esos días- para dar toda la caña posible. Hace un calor terrible y los mosquitos nos dejan finos a picotazos.

No voy a explicar aquí todas las cosas que nos pasaron durante el día, pero sí os puedo decir que a eso de las 7 de la tarde, tras 12 horas de trabajo sin apenas un pequeño descanso para comer algo ¡Lo conseguimos!

Aspecto final del interior de La Vane tras dos meses de trabajo.

Las ventanas de cristal correderas habían dado paso a dos piezas de metal y otras dos por ventana de tablex de 3 milímetros de grosor que formaban un conjunto sólido y en apariencia estanco -eso ya veremos que no va a ser así- que daban el punto y final a unos trabajos que habían durado meses. La re-camperización había concluido. La Vane era ahora un lugar mucho más habitable y cómodo.

La cena de inauguración

Llegamos a casa, ducha, comer algo y faltaba lo más importante, cumplir la promesa hecha a nuestras sobrinas Naia y Nerea de ser las primeras en verlo todo acabado y cenar en la furgoneta. Estábamos reventados, pero lo que uno promete debe intentar cumplirlo así que al supermercado, la cena no se va a hacer sola. Ojalá.

Sacamos fuerzas de donde no teníamos y a eso de las 9 y media de la noche Cristina fue a buscar a las chicas a casa y servidor se dedicó a encender el fogón y preparar una cena pantagruélica compuesta de ricos manjares como perritos calientes -con su ketchup y mostaza del chef (de bote vamos)-, bol de patatas fritas y Risquetos “ful” del Mercadona y otras delicatessen en forma chuches a cholón.

Aún en nuestro estado la velada se prolongó hasta poco más de las 12 de la noche, hora en que las señoritas tenían puesta la barrera de regreso por parte de sus padres.

Caímos en la cama rendidos.

Despedidas

Nos despertamos tarde. Tocaba comida con la familia, de nuevo las despedidas, esta vez todo estaba más entrenado y asumido de forma natural. Pero antes había que hacer muchas cosas, como cargar todas nuestras cosas en la furgoneta.

Viaje tras viaje todo iba encajando en su sitio, bajamos y ubicamos casi todos nuestros trastos, la habitación donde habían reposado estos meses volvía a quedar vacía. Apenas cuatro cosas que serían las últimas en subir a bordo el día de la partida ocupaban espacio ya.

Se hizo la hora de comer, nos sentamos todos en la mesa y la conversación fue algo más relajada que en la anterior ocasión. Hablamos de planes, de lo que nos esperaba y de la ilusión de pisar Cabo Norte con nuestros propios pies. Abrazos finales, paseo nocturno por la playa -al que se sumaron nuestras sobrinas- y a casa a dormir.

Salimos dirección Cabo Norte

Es 1 de julio de 2019, la fecha prevista. Hace sol, la mayor parte del trabajo está hecha pero faltan mil más por hacer. Envíos por Correos, despedidas de amigos, bajar las cosas que faltan a La Vane, llenar agua, etc,.

Las horas vuelan y después de comer terminamos lo que teníamos pendiente y a eso de las 6 de la tarde no queda más que despedirse de Teresa, la madre de Cristina, que nos ha dado cobijo todo este tiempo. Esta vez todo fluye mejor y la despedida es menos intensa, en Navidad volveremos -escribo esta entrada desde Croacia tras haber pasado ya esas fechas en familia- unas semanas a pasar las fiestas de Navidad en familia. Son 6 meses los que nos separan de esas fechas, en estamos aquí de nuevo dando la turra.

Imagen tomada apenas 5 minutos después de comenzar esta nueva etapa del viaje.

Besos, abrazos y última bajada en ascensor. Nos subimos a nuestro nuevo y flamante palacio rodante, arranco y por la ventanilla saco la mano para despedirme de Teresa que hace lo mismo desde la ventana de casa. Rodamos unos metros y dejamos de verla. Comienza la aventura otra vez.

Parada y noche en Aiguafreda

Al igual que en la anterior partida Aiguafreda es el lugar elegido para pasar la primera noche. Los que habéis leído el libro Salto al Vacío ya sabéis la especial relación que nos une con esa población.

¿Cómo? ¿No has leído Salto al Vacío? Lo tienes aquí alma de cántaro. Compra unos cuantos ejemplares y regala libros, hombre.

De nuevo en Aiguafreda, de nuevo en casa.

Aiguafreda por la noche es silencio, olor a montaña y tranquilidad. El verano estaba a las puertas y se notaba, era ya tarde pero nos fuimos a dar un paseo y, como hicimos al comenzar la otra etapa, nos pasamos por el bar de nuestra amiga Marta que, también como en la otra ocasión, no nos dejó pagar.

Después paseo hasta casa y a estrenar nuestra nueva y flamante cama con su colchón con capa de viscoelástica tapizada por nosotros mismos. Nos quedamos roques en menos de lo que se prepara para cantar un grillo.

Al día siguiente, llenamos los bidones con agua de la Font dels Enamorats, que la teníamos a apenas 30 metros. Saludamos a las chicas de la residencia de la tercera edad donde dimos una charla en abril de 2018 e iniciamos la ronda de saludos a los amigos que allí tenemos. Visitamos al final el lugar donde reposa nuestro perro Coco -visita obligada al pasado y el recuerdo- y llegó el momento de partir.

Puigcerdà y Viella

Desde Aiguafreda repetiríamos camino como la vez anterior e iniciamos la marcha dirección a Puigcerdà. Mientras las ruedas de La Vane recorrían esos kilómetros un nudo en el estómago iba tomando forma, no nos dábamos cuenta pero eran los últimos que La Vane recorrería en España, la idea era que nosotros sí hiciésemos escapadas a casa, pero ella ya no regresará, no volverá a rodar por esas carreteras.

Esto es en parte por las nuevas leyes medioambientales que entraron en vigor el 1 de enero de 2020 y también en parte por el tremendo desgaste que significaría hacer tal cantidad de kilómetros de ida y vuelta. Amén de que es una glotona y el combustible es de todo menos barato.

Con esos pensamientos en los momentos de silencio y las conversaciones que surgían durante el viaje nos plantamos en Puigcerdà. Aparcamos como siempre junto al lago y decidimos hacer una cena de despedida en una pizzería que hay en el centro del pueblo. No sin antes disfrutar de la tormenta de rigor sobre las cuatro de la tarde, una tradición.

Llegados a estas horas el cuerpo ya no da para más, a dormir.

Viella

Viella es también uno de nuestros puntos pirenaicos preferidos. Nos encanta el ambiente del lugar y allí nos dispusimos a pasar dos días antes de saltar a Francia. Junto al río, como en 2018, nos apostamos y nos dispusimos a preparar el pase al país vecino.

Hicimos algunas compras de última hora en los establecimientos de ciudadanos orientales -bazar chino vamos- ubicados en tan noble población, llenamos un poco la despensa y tras pasar los dos días previstos partimos.

Francia, allá vamos.

Francia. Primera parada Tournay.

Casi sin darnos cuenta abandonamos España, La Vane dijo adiós a su casa hasta ahora, a partir de ese momento el mundo entero era su nuevo hogar. Con la emoción del momento y el disfrute del paisaje casi no nos dimos cuenta de los kilómetros recorridos y llegamos a la primera parada fuera de España, Tournay.

Nos esperaban Marcos y Anaïs, él contactó conmigo antes de nuestro viaje por España y nos ofreció techo y cervezas frías. No sabía lo que hacía.

Marcos de Nomad Campers.

Marcos nos invitó a conocer su empresa Nomad Campers dedicada a la camperización y legalización de vehículos vivienda. La nave industrial que ocupa en las afueras de Tournay se convertiría en nuestra primera parada -a cubierto en esta ocasión- y donde disfrutamos de la primera ducha en tierras galas.

Como digo nos recibió con cerveza fría y algo de picoteo que se agradeció porque hacía calor aquella tarde. Tras el rato de charla tocaba ducha e invitación a cenar. El día acabó de forma perfecta.

Nuestra casa en la nave de Nomad Campers.

Al día siguiente visita a un coqueto mercadillo con todo el sabor y encanto francés, unas cervezas y después tiempo libre para ambas parejas, era domingo y tampoco queríamos abusar. Al día siguiente nuestro viaje continuaba, y antes de partir sellamos la junta de las ventanas de las puertas correderas, al cambiarlas por piezas fijas no quedaban estancas del todo y entraba algo de agua cuando llovía. Ahora ya están perfectas.

Gracias Marcos y Anaïs por abrirnos las puertas de vuestra casa y por todas las atenciones que nos dedicasteis. Ah, y gracias por la estufa para hornillo Butsir, nos ha venido de perlas, pero eso ya lo contaré más adelante.

Ventana de tiempo

Aunque estábamos a primeros de julio no podíamos dedicar demasiado tiempo en nuestras paradas, Cabo Norte quedaba aún muy lejos y sabíamos que a finales de agosto las temperaturas ya eran “frescas” allá arriba. Entretenernos demasiado hacía que la ventana de tiempo para poder llegar hasta allí se hiciese más diminuta. Había que decidir.

El problema era el desvío que representaba ir a París. Ya teníamos otro programado a Munich para visitar a un amigo, sumar la capital francesa a la ecuación aumentaba considerablemente los días de viaje. Nos dolió también dejar de lado la costa pero quizás era la excusa perfecta para regresar algún día.

Siempre nos quedará París

En esta ocasión no íbamos a ver la ciudad. Nos dolió tomar esa decisión pero haciendo un cálculo de ritmo y tiempo necesario se nos quedaban las fechas muy justas. Así que siempre nos quedará París, al menos para hacer una visita como es debido.

Con esa decisión tomada enfilamos dirección Toulouse donde aparcamos junto al parque temático Astralia, y también donde pasamos una noche con un calor algo intenso. La ciudad tenía buen aspecto pero quizás las calles estaban un poco descuidadas. Pasamos toda la tarde arriba y abajo.

Dando una vuelta por el Capitolio de Toulouse.

Amanece un nuevo día que nos llevará hasta una población llamada Lanzac, allí la información que tenemos sobre el sitio al que vamos nos promete ducha, agua y zona de aparcamiento sobre una mullida manta verde de hierba. Y así es.

Parada de dos noches en Lanzac. Recomendado el lugar.

Tras nuestra caminada de rigor nos dimos una ducha templada, llenamos nuestros cuatro bidones de agua y recibimos la noche sentados en nuestras sillas plegables disfrutando del fresco. Nos gustó tanto el lugar que, aprovechando que se me acumulaba trabajo, decidimos pasar un día más y así seguir disfrutando del sitio y ponerme al día en lo laboral.

Francia del tirón

Íbamos del tirón, así que a darle caña al asunto. La siguiente parada era Clermont-Ferrand donde pasamos la noche en un aparcamiento tranquilo y algo alejado del centro de la población. Hicimos la visita de rigor al sitio pero fue de puro trámite.

En Dijon, junto al camping y sin recibir palos de nadie.

Llegamos a Dijon, sí donde la mostaza. Allí nos quedamos sorprendidos del lugar que se convirtió en nuestra casa para esa noche. Era un área de parking habilitada por el camping que había justo al lado por si no querías pagar sus instalaciones. Cuanto tendrían que aprender los propietarios de campings en España que te echan la bronca en cuanto tienen ocasión si no pasas por caja. En fin.

Callejeando por Dijon.

El último día en Francia sería para Belfort, de ahí pasaríamos a Friburgo en Alemania. Acudimos al área de autocaravanas gratuita que el ayuntamiento tiene habilitada en las afueras, pero a pesar de su tamaño -bastante grande- no queda ni un hueco donde nuestra mini-casa pudiese reposar esa noche.

El león de Belfort, símbolo de la ciudad.

Al final Cristina me comenta que hay un parque donde existen áreas para aparcar y se puede pasar la noche, y allí acabamos, totalmente solos y tranquilos y con el frescor del lago regalándonos una noche perfecta.

Nuestro breve y fugaz paso por Francia llegaba a su fin y ya se oteaba en el horizonte un nuevo país por descubrir -al menos para nosotros-, Alemania, donde tuve los primeros agobios al conducir y un recibimiento peculiar, pero eso ya lo cuento en el siguiente artículo.

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